Historia de la Francmasonería

 

 

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La cofradía de los Canteros
- Origen de la Cofradía de los Canteros
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Extensión de la Cofradía
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Las ceremonias de recepción y el Simbilismo de los Canteros Alemanes

Simbolismo


LAS TRADICIONES DE LAS CORPORACIONES

La historia de la Francmasonería lo mismo que la historia del mundo, tiene su base en la tradición. Lo que el H:. Anderson atribuye en las primeras páginas de su "Libro de las constituciones a la Historia", es tan solo la historia de la corporación de constructores tal cual se encuentra en las antiguas constituciones y cuyo carácter tradicional no puede ponerse en duda: Historia real del arte de construir, del que se ocupa especialmente. Sencilla, clara y breve, adaptada a la inteligencia de aquellos a quienes se destinaba, la encontramos en los antiguos documentos; más tarde la cultura intelectual del pueblo exigía, en sus progresos, mayor aplicación de ciencia demostrativa y de argumentos convincentes; por esta razón la encontramos en los anales de fecha más reciente, adornada de mayores detalles, ostentando cierta erudición antes desconocida. Este documento era el Manuscrito Regius, presuntamente escrito alrededor de 1370 - 1390 según las versiones más coincidentes; descubierto por James O. Halliwell en la antigua biblioteca real del Museo Británico (British Museum), fue publicado en 1840. Está escrito en verso y no en prosa, en concreto consta de 749 versos El inglés utilizado es más arcaico que el de los otros manuscritos. El manuscrito claramente pertenece a una tradición católica, mientras que los otros son de tendencia protestante.

El principio de todas las ciencias fue descubierto por los hijos de Lamech: Jabal el mayor, descubrió la geometría, y Tubalcain, el arte de forjar. Para que sus prodigiosos descubrimientos no se perdiesen y pasaran a la posteridad, los escribieron en dos pilares de piedra, de los que Hermes encontró uno, estudió las indicaciones que contenía y enseñó en seguida a otro lo que él había aprendido. En la época de la edificación de la torre de Babel, el arte de construir la Masonería, empezó a adquirir importancia, y el mismo rey Nemrod se hizo masón y demostró gran predilección por este arte, para la construcción de Nínive y otras ciudades. Nemrod envió treinta masones a quienes hizo recomendaciones especiales: sed fieles unos a otros, amaos sinceramente y servid con fidelidad a los que tengan autoridad sobre vosotros, para que de este modo me honréis a mí que soy vuestro amo y os honréis vosotros mismos.
"En fin, cuando Abraham fué a Egipto con su mujer, enseñaron a los egipcios las siete ciencias y formaron un discípulo, Euclides, que se distinguió especialmente en estos estudios. Euclides llegó a ser maestro en las siete ciencias: enseñó la geometría y dictó una regla de conducta en los siguientes términos: En primer lugar debían ser fieles al rey y al país a que pertenecieran: amarse y ser fieles entre sí: darse el nombre de hermanos o de compañeros. Debían elegir por maestro al más sabio, no tener en cuenta para esta elección la amistad particular, las condiciones de nacimiento o de riqueza, sino las dotes de sabiduría y de prudencia; todos se obligaban bajo la fe del juramento a observar todas estas prescripciones.
Mucho tiempo después, el rey David emprendió la construcción de un templo, que se llamó el templo del Señor en Jerusalén. Amaba mucho a los constructores y les comunicó los reglamentos y los usos que Euclides le había trasmitido. A la muerte de David, Salomón terminó la construcción del templo: enviaron albañiles a diversos países y reunió 40.000 obreros en piedra a quienes se les llamó también masones: de entre ellos escogió tres mil que fueron llamados maestros y directores de los trabajos. “También existía por aquel tiempo en otro país un rey a quien sus súbditos llamaban Iram (Hiram), el cual proporcionó a Salomón las maderas de construcción para el templo. Salomón confirmó los reglamentos y las costumbres que su padre había introducido entre los masones: de modo que el arte de la construcción (Masonería) se había afirmado en el país, en Jerusalén y en otros muchos reinos y estados.
Miembros inteligentes de estas asociaciones viajaban por el extranjero para instruirse y enseñar y de este modo, un excelente masón, Ninus (Mannou) Gracus, fué a Francia a establecer la Masonería.
“Inglaterra no disfrutó de este género de instituciones hasta el tiempo de San Alban. En esta época, el rey de Inglaterra, que era pagano, encerró con una muralla la ciudad de San Alban, confiándose a este santo la dirección de la obra. San Alban retribuyó con buen salario a los masones, y obtuvo del rey para ellos cartas de franquicia que les permitían reunirse en asamblea general. Presidió la recepción de nuevos masones y les dictó reglamentos para su orden y gobierno.
Poco después de la muerte de San Alban, varias naciones extranjeras hicieron la guerra a Inglaterra, de modo que poco a poco estos reglamentos dejaron de estar en vigor hasta el reinado del rey Athelatan. Este monarca era un príncipe digno: pacificó su reino y ordenó la edificación de numerosas abadías, de muchas ciudades y de otros grandes trabajos y quería mucho a los masones; pero su hijo Edwin, que practicaba con entusiasmo el arte de la geometría, los favoreció más todavía. Fué recibido masón y obtuvo del rey su padre una carta de franquicia y la autorización de convocar cada año a todos los masones, para comunicarse recíprocamente las faltas que se hubieran cometido y las transgresiones de que se hubieron hecho culpables y castigarlas. El mismo presidió en York una de esta asambleas, recibió nuevos masones, les dio reglamentos y estableció costumbres. En la reunión de las asambleas, invitó a todos los masones, tanto a los nuevos como a los antiguos, a comunicar a sus compañeros cuanto supieran acerca de los usos y obligaciones impuestas a los masones en el extranjero y en otras partes del reino. Y cuando para responder a esta excitación de presentaron los escritos pedidos, se encontraron algunos en francés, otros en griego, en inglés y en otras lenguas, que convenían y eran idénticos en cuanto al objeto que les inspiraba. Edwin los reunió todos en un libro, en el que decía el modo como se había realizado este descubrimiento. Recomendó y ordenó que este libro fuera leído y comentado cada vez que se recibiese a un nuevo masón, y antes de hacerle conocer las obligaciones que le imponían.
Desde entonces hasta nuestros días los usos y prácticas de los masones se han conservado bajo la misma forma en el límite del poder humano.
"En diversas asambleas se establecieron leyes y ordenanzas necesarias o útiles según la opinión de los maestros y de los principales compañeros.”
Tal es la antigua tradición, basada en ciertos relatos históricos transmitidos de generación en generación, que constituyen la historia verdadera, auténtica del arte de construir. Todos saben que este arte, principio de toda civilización, florecía ya entre los pueblos de la remota antigüedad, y se puede inferir que desde entonces, los obreros masones debían estar organizados regularmente. De todas suertes nada prueba que la historia de la Sociedad de los Francmasones pueda remontarse hasta estos primitivos tiempos.
Se comprende fácil y naturalmente que los miembros de las corporaciones de masones de la Edad Media, procurasen añadir importancia y dignidad a su institución, atribuyéndole un origen tan antiguo y confundiéndo con este propósito, la historia de su arte y el de la Asociación, para lo que hasta cierto punto, estaban realmente autorizados. No sucede lo mismo con los francmasones, en la verdadera acepción de la palabra los cuales deben adoptar para constituir la historia de su institución, en que sólo se construye simbólicamente, un punto de partida distinto y conservar al documento notable que acabamos de reproducir su carácter tradicional.
Del hecho de que el Templo de Baal de los Babilonios, de que las construcciones de los persas y el Templo de Jerusalén tuvieran una forma cuadrada: de que la tumba de Ciro fuese rectangular y de que las piedras de los edificios de Babilonia ofreciesen inscripciones en su parte inferior no se puede deducir absolutamente nada que se refiera a la historia de la Sociedad de los Francmasones. Todas las tentativas hechas para remontar esta historia a época anterior a la Edad Media han fracasado hasta ahora y es casi seguro que no obtendrán en lo sucesivo mejor fortuna.


Los Canteros de Alemania
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Introducción

Si la conformidad que resulta entre el organismo social, los usos y las enseñanzas de la Francmasonería y los de las compañías de masones de la Edad Media indican ya la existencia de relaciones históricas entre estas diversas instituciones, los resultados de las investigaciones hechas en los arcanos de la historia y el concurso de una multitud de circunstancias irrecusables establecen de un modo positivo que la Sociedad de los Francmasones desciende directa e inmediatamente de estas compañías de masones de la Edad Media. La historia de la Francmasonería y de la Sociedad de los Masones está por esto mismo íntimamente unida a la de las compañías de masones y a la historia del arte de construir en la Edad Media; es, pues, indispensable dirigir una rápida ojeada sobre esta historia para llegar a la que nos ocupa.
Nuestros antepasados, aquellos germanos incultos, habitaron durante largo tiempo en miserables cabañas que ellos mismos construían; y hasta sus iglesias eran en un principio construcción de madera. Los monjes y los emperadores parece que fueron los introductores en Alemania del modo de construir de los romanos; ellos no tuvieron un estilo que les fuera propio. Rodeados de productos de la civilización romana, se limitaron a aceptar y a imitar sencillamente las creaciones que se les ofrecían. Los ostro godos fueron los primeros que, en la medida de su inteligencia, intentaron con algún resultado implantar en el suelo italiano sus antiguas maneras de vivir y procuraron conservar a las artes el sello particular que su raza les había impreso. Bajo el reinado de Teodorico se dio un vivo impulso a los trabajos de construcción. Sin embargo, en todos los edificios antiguos se encuentra la influencia romana, y sólo con el desarrollo y la extensión de la civilización, el arte de construir hace progresos reales.
El primer movimiento vital del espíritu germánico se manifiesta bajo el reinado de Carlomagno; pero hasta después de la caída del imperio carlovingio y su división en grupos nacionales, hasta que el cristianismo que se extendió algún tanto y adquirió mayor importancia, hasta que se consultó el espíritu germánico y se introdujo en las costumbres y en el Estado formas más adecuadas al nuevo orden de cosas, no pudieron las artes adquirir una fisonomía propia y bien determinada.
En lo que se refiere al desenvolvimiento de la vida pública, el régimen feudal, restablecido sobre consideraciones propias de la Edad Media y emanado del individualismo del espíritu germánico, merece estudiarse especialmente. “La unidad de los pueblos desaparece, dice Schaase, y en su lugar se producen muchas individualidades. La eventualidad reemplaza, en la conclusión de los tratados, la consideración de las necesidades interiores, y el Estado se eleva como edificio aéreo, formado en su base por gran número de vasallos inferiores, elevándose por grados sucesivos, hasta un alma unitaria.”.
Este sistema complicado se encuentra en todas las producciones del arte en la Edad Media, y principalmente en las creaciones arquitecturales.




Corporaciones
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En presencia de este predominio de la tendencia individual, era natural que por todas partes se hiciese sentir la necesidad de las asociaciones libres. Este sistema se introdujo primero en el estado eclesiástico (el régimen monacal), después en la caballería y en fin entre todos los ciudadanos, según su oficio (corporación) y en las confederaciones de las ciudades. Dondequiera que dirijamos la vista encontramos corporaciones debidamente instituidas, apercibimos el espíritu del individualismo y su potente acción.
La atrevida lucha que caracteriza esta época se revela particularmente en el arte de construir. Este arte, emanado, como toda la cultura de aquel tiempo, de las tradiciones del arte romano, se desenvolvió después de numerosas conversiones y transformaciones debidas a influencias extrañas, hasta llegar a ese grandioso sistema que nos presenta la historia de este arte. Todas las fuerzas activas de todos los pueblos cristianos convergieron, en la Edad Media, hacia él, para resolver en la medida de sus respectivos medios, las dificultades de este problema. Alemania y Francia se distinguieron en primer término en este concepto; correspondiéndole el segundo lugar a Inglaterra, mientras que España e Italia vinieron mucho más tarde a afiliarse a este movimiento de progreso. En dos épocas distintas podemos dividir este estudio, según los diferentes estilos: el estilo romántico y el gótico (germánico).

Los Conventos
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El estilo romántico (1.000 - 1.200) es, hablando propiamente, el estilo católico; y, en efecto, es, por su carácter esencialmente sacerdotal.
La construcción de los edificios religiosos se debe, en primer lugar, a la iniciativa del clero. Los conventos fueron los verdaderos focos de la actividad industrial y fecundaron también el suelo, transformando en fértiles oasis llanuras estériles y desiertas. Por estas causas el arte de construir fué en un principio ejercitado por los monjes. Los benedictinos primero y más tarde los cistercenses, se ocuparon de la construcción. Cada convento era una colonia, donde además de dedicarse a las prácticas de piedad, se estudiaban las lenguas, la teología y la filosofía, se ocupaban activamente de agricultura y se ejercían y enseñaban todos los oficios. Como cada abad consideraba de su deber el contribuir al embellecimiento de la iglesia de su convento, y el fundar nuevos monasterios y erigir nuevas iglesias; además como la vigilancia y conservación de los edificios estaba a su cuidado, el ejercicio del arte de construir, que en aquella época abrazaba la escultura, la pintura, etc, formaba parte de los deberes de su administración y constituía, por lo tanto, para ellos una verdadera obligación.
Los abades trazaban los planos de sus edificios y dirigían su construcción, estableciendo de este modo una corriente de inteligencia entre las relaciones de los conventos. Muy pronto, sin embargo, al lado de los monjes arquitectos aparecieron arquitectos laicos.
La construcción de grandes edificios públicos debía establecer relaciones muy estrechas entre los numerosos artistas y obreros durante el período, con frecuencia largo, que se empleaba en la construcción de cada obra. Y esta vida común hizo nacer la aspiración de afirmar la estabilidad de estas relaciones, el sostenimiento del orden entre sí, para lo cual era necesario que se estableciera una subordinación completa e indiscutible.
Fue preciso, por lo tanto, dar a estas relaciones una forma social que se adaptase a su carácter, y los mejores modelos que se ofrecieron a aquellos masones fueron los colegios de los romanos y las asociaciones fraternales de los germanos.

Las Logias
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Al propasarse entre los laicos el conocimiento y el ejercicio de la arquitectura, al elevarse de este modo el sentimiento de la naturaleza humana y el poder de las audacia se empezó a dar a la vida una forma más cívica, el espíritu germánico se despertó en toda la energía de su fuerza, y trató de llegar a la realización de todas las creaciones, de todas las magnificencias del arte; y en virtud de este poderoso y atrevido esfuerzo, librándose primero de los principios en la forma, y apoyándose en otra brillante y completa, el genio nacional reveló por vez primera su intimo pensamiento en una expresión propia; tal fué el origen del estilo germánico (gótico) (1225-1525).
Los maestros masones alemanes se apoderaron con gran acierto de los resultados obtenidos por otros, y los conocimientos así adquiridos fueron cuidadosamente conservados por ellos en el seno de sus corporaciones, en las logias, cuya organización, como un lazo universal unía poco a poco en estrecho lazo a los obreros todos de las ciudades más importantes. Los habitantes del Norte de Francia, gente activa, amiga de novedades y germanizada en alto grado, se consideran como los creadores del estilo gótico (según Lübke), que en el año 1160 se ve aparecer en su territorio. De este punto pasó bien pronto a Inglaterra y después a Alemania y a otros países del Norte, mientras los países meridionales tomaron una parte menos activa en el momento general. Estaba reservado a Alemania el desenvolver progresivamente el estilo gótico, que a juzgar por la fecha de su aparición, se produjo en varios puntos casi simultáneamente. Las reglas y sus relaciones matemáticas de esta nueva forma de construcción, se enseñaron en los talleres o logias de los tallistas de piedra de Alemania y se propagaron como secretos del arte.
Dondequiera que se emprendieron obras de alguna importancia, se levantaron estas logias, a cuyo derredor existían habitaciones, que venían a convertirse por la prolongación de los trabajos, que duraban uno, dos o más años, en colonias o en conventos. Como verdadero fundador de las logias, se cita el nombre del abad Wilhelm von Hirschan, conde palatino de Scheuren (1000 - 1091), que había sido antes maestro de la logia de San Emmoran en Regensbourg y que para la conclusión y ensanche de las obras de la Abadía de Hirschan, había llamado y reunido obreros de todos los oficios, albergándolos en el convento en calidad de hermanos laicos y haciéndoles dar instrucción y educación. La vida común de estos obreros estaba reglamentada por estatutos, en los que, como principio fundamental, Wilhelm había establecido, que entre todo debía existir una concordia completamente fraternal, teniendo en cuenta que para la realización de una gran obra son indispensables el concurso de acción y la combinación de todas las fuerzas, de las que depende el éxito de toda empresa de utilidad general.
En los primeros años del siglo XIV, fue perdiéndose el gusto y la afición al arte de construir en los miembros del clero; y los maestros masones formados por ellos, se desligaron en esta época de la comunidad monástica.
Ya en el siglo XIII se había visto aparecer vanas logias de picapedreros, independientes de los conventos unidas entre sí, como veremos más adelante, formando un cuerpo al que estaban afiliados todos los obreros en piedra de Alemania, tenían signos especiales y particulares de reconocimiento y se hallaban unidos por ciertos artículos de su carta (ordenanza) que obligaban a todos los miembros y por los cuales estaban reglamentadas sus relaciones.
Diversas han sido las opiniones creadas sobre la naturaleza y la organización de La logia y sobre los conocimientos que en ellas se enseñaban. Mientras que unos, considerándolas igualmente alejadas de todos los extremos, sólo descubren en las logias “lugares ordinarios de reunión de individuos constituidos en corporaciones, regidos por severos reglamentos", otros arrastrados por las exageraciones de su imaginación se obstinan en considerar a las logias como las depositarias de los grandes secretos del mundo: realmente las logias no fueron durante la Edad Media ni el punto de reunión de adeptos ocupados en resolver los trascendentales y profundos problemas que la humanidad había de desarrollar en su incesante marcha progresiva, ni la asamblea de obreros vulgares e ignorantes.
El espíritu que dirigía y la organización de las logias han tenido sin duda algunas bases más importantes que simples prescripciones de policía y vulgares procedimientos de oficio; así lo hace constar M. Reichensperger con conocimiento de causa: “por el espíritu de unidad que a pesar de numerosas disensiones exteriores ha precedido a la creación de las logias”; también está victoriosamente probado este aserto por las obras incomparables que han producido; obras que cual árboles gigantes y maravillosos han cruzado el espacio de los siglos y cuyo gran esplendor y diversidad de formas, obedecen a una sola y misma ley". “Está probado, continúa diciendo Reichensperger, que la Edad Media era menos hábil que nuestra época en la manera de escribir, a lo menos en el terreno de las artes para ello se servían del estilo lapidario en toda la extensión de la palabra; los edificios, las obras de arte constituían los escritos. De modo que los documentos que se refieren especialmente a lo que concierne a las logias y cuyo número, asaz reducido, es tan sólo anterior a la segunda mitad del siglo XV, deben ponerse en paralelo con los monumentos y con la vida en común de la Edad Media para formar con tales elementos un cuadro que nos ofrezca aproximadamente la verdad.
Por otra parte, en cuanto a los documentos que, según la opinión general, deben guiarnos sobre los hechos de la antigüedad, no puedo renunciar al deseo de emitir aquí la opinión del respetable veterano del arte nacional, M. Sulpicio Bosiserée, que califica la colección de San Kloss (la Francmasonería en su verdadera significación), como la más completa hasta nuestros días.” En resumen, de todos los reglamentos de los cuerpos de oficio que la religión practica, resulta que la moral y el honor eran considerados como los sostenes fundamentales de las logias.
Antes de proseguir el estudio de la naturaleza, de la Organización y de los usos de las cofradías de picapedreros alemanes, asistiremos a su creación y después estudiaremos su desenvolvimiento progresivo.

Los Guildos
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Volviendo a la sombría época de la Edad Media, encontramos ya en sus albores, sociedades juramentadas, formadas para la defensa común contra los enemigos exteriores primero, y después contra los del interior, pero en particular contra los grandes poseedores de bienes, que abusaban de su poder. Más tarde, la creación y la extensión de Las ciudades en las que se reconcentraban y se reunían muchos hombres libres, cuando el guildos y gremios de que formaban parte los ciudadanos; de estas cofradías encontramos huellas evidentes en los mas antiguos recuerdos que nos quedan de la historia del pueblo alemán. La existencia de estos guildos protectores (durante el siglo XIII), en la mayor parte de las ciudades alemanas, está comprobada por las relaciones que han llegado hasta nosotros y que hacen de ellos mención y por varios estatutos que de estas cofradías se han conservado. Tenían a su frente un prudente (Stuhlbruder, Alderman, Maestro); para la recepción de un miembro era necesaria la fianza; el despacho de sus asuntos se hacía en asamblea regular, donde se discutían igualmente todas las empresas. La admisión de los hijos de los miembros se facilitaba por todos los medios, etc, etc. Sin embargo, como los guildos de las ciudades se aislaban completamente de los obreros, éstos formaron a su vez entre sí corporaciones. Aún cuando no poseamos prueba auténtica alguna de la existencia de estos últimos antes del siglo XII, no podemos ponerla en duda, porque, como hace notar Winzer con razón, pueden haber existido durante mucho tiempo, antes de que se pensase en darles constituciones escritas. Una vez autorizadas, reclamaron privilegios y entonces se hizo sentir la necesidad de darles constituciones escritas.
En estas corporaciones eran admitidos todos los que habían nacido libres, observaban una vida irreproducible y conocían su oficio; todos los miembros gozaban de iguales derechos, tenían las mismas obligaciones y se consideraban hermanos. Lo mismo ocurría entre los tallistas de piedra.

La Cofradía de los Canteros
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Los magníficos monumentos del arte de construir de la Edad Media, y todos los espléndidos edificios de aquella época, que son los que únicamente deben ocupar aquí nuestra atención, estaban construidos, en su mayoría, con bloques cuadrados de piedra, que pulimentaban los obrero, con arreglo a los planos del maestro, y conforme a las reglas del arte. Es inútil indicar que este trabajo exigía el concurso de hábiles obreros; y estos obreros eran los tallistas en piedra o canteros.

Origen de la Cofradía de los Canteros.
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Como hemos dicho anteriormente, se pretende que en la Cité de Francia, en París y en sus alrededores, tuvo origen el estilo germánico (gótico). En el transcurso del mismo siglo, apareció en Inglaterra, en la catedral de Cantorbery (1171-1185), y poco después en Alemania. El primer edificio construido en el suelo alemán siguiendo este estilo, parece que fué la nave de San Geréon en Colonia (1212-1227); siguieron después la cúpula de Magdebourg (1211), la iglesia de Nuestra Señora de Tréveris (1227), la de Santa Isabel en Marbourg (1235) y la cúpula de Colonia (1248). La construcción de estas grandes obras reunió gran número de masones y especialmente de picapedreros; a quienes unía el ejercicio del mismo arte, la unidad del plan y la combinación de todos sus medios artísticos, haciendo nacer insensiblemente en su seno la cofradía o hermandad de los canteros alemanes. Siguiendo una antigua tradición, el oficio, constituido en corporación se instituyó en Alemania, primero en Magdebourg en la catedral, a la que se atribuye, aunque nada lo justifique, la fecha de 876, cuando está perfectamente probado que no se emprendieron las obras hasta el año 1211. Hay motivos para creer que a esta misma fecha se remonta la creación de la cofradía de los francmasones, aun cuando hasta el siglo XV (1459) no aparece documento alguno en que se haga de ella mención, cuando pudieron señalarse ciertas negligencias “contra la buena costumbre que los antiguos obreros han observado desde los tiempos más remotos; y a fin de continuar siempre en el buen camino, hemos recordado esta costumbre tradicional, introduciendo en ella las modificaciones necesarias.".
Si es cierto que el arte del tallista en piedra forma parte integrante de la construcción de todo edificio de piedra y del estilo en general, y por lo tanto del que nos ocupa, el estilo gótico, Colonia podía quizás reivindicar el privilegio de haber alentado los primeros pasos de esta cofradía; y en efecto otra tradición nos presenta esta ciudad y particularmente al célebre escolástico Albert, conde de Vollstädt, más conocido con el nombre de Albertus Magnus, que vivía en Colonia en 1249, como el verdadero inventor del estilo germánico (gótico). “Albertus, dice Heideloff, dió una nueva vida al lenguaje simbólico de los antiguos por tanto tiempo envuelto en un profundo sueño, y lo adaptó a las formas del arte de construir, al cual prestó innumerables servicios. Estos servicios eran tanto más señalados, cuanto que prohibió a las sociedades de masones confiar a la escritura los principios introducidos por Albertus en el arte de construir, principios que debían permanecer en absoluto secreto, para que nunca fueran profanados. Por esta razón se emplearon los símbolos, cuya utilidad era tenida en grande estima, distinguiéndose el que llegaba a comprenderlos y aplicarlos perfectamente. Los símbolos servían de regla en el ejercicio del arte; hacían más fácil el trabajo de los que los comprendían, instruyéndolos rápidamente respecto al objeto y dirección que, debían imprimir a una obra. Estos trabajos se dirigían por medio de este lenguaje figurado. El espíritu de esta enseñanza secreta estaba llamado a ejercer una influencia convenientemente favorable en las logias, porque no se admitían en ella a los aprendices, hasta tanto que hubiesen demostrado ciertas aptitudes y determinados conocimientos, disposiciones preliminares que los ponían en condición de adquirir más fácilmente la inteligencia de este lenguaje simbólico que no hubieran comprendido, obreros ignorantes. La consideración de que gozaban generalmente y que despertaba en ellos el sentimiento de la dignidad, les impedía iniciar a los profanos en los misterios de su lenguaje. Por otra parte, este lenguaje les servía también de medio de comunicación a falta de escritura, mucho más estando poco generalizado todavía este arte en aquella época. Además, los masones no disponiendo de tiempo, ni de medios, ni de ocasiones, podían apenas aprender la escritura, mientras que se familiarizaban sin trabajo con el sentido de los símbolos, porque sus ocupaciones ordinarias se los ponían continuamente ante la vista y en el curso de los trabajos, la enseñanza y las correcciones de sus camaradas más experimentados, contribuían a su adelanto intelectual”.
Se pretende que Alberto el Grande trazó por sí mismo el plano de la cúpula de la catedral de Colonia, lo cual es muy posible, admitiendo que, como aficionado al arte de construir, haya formado parte de los guildos o gremios. También habría modificado las constituciones de la cofradía, introduciendo en ellas nuevas disposiciones. Es, sin embargo, muy difícil determinar si dio impulso al simbolismo y a su inteligencia científica o si no hizo más que dar vida a un espíritu hasta entonces inconsciente, y atribuirle una influencia determinada. Winzer cree que la opinión más admisible, es que las reglas observadas y las disposiciones tomadas durante la construcción de la cúpula de Colonia revelan de un modo claro la aplicación constante del método inaugurado por él. Sin embargo, consideremos lo que era, la ciencia en aquella época; el importante papel que entonces jugaban la alegoría y el simbolismo; la influencia mística que las cruzadas habían esparcido durante la Edad Media, teniendo presente la sabiduría arábigo-judaica y la interpretación del Antiguo Testamento que constituían las regiones más elevadas de la filosofía, y sabremos con exactitud en qué consistían aquellas reglas, aquel sistema del arte de construir. Los principios matemáticos, las figuras geométricas acompañadas de explicaciones místicas y de relaciones secretas; las alusiones bíblicas y los signos que fueron la fuente de donde se derivaron las proporciones góticas: las reglas del estilo gótico, aplicadas por medio de signos místico-biblicos, constituían verdaderamente el objeto real y secreto.

Extensión de la cofradía
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Como los masones, favorecidos por el gusto de la edificación, tan desarrollado en los siglos XIII y XIV, encontraban ocupación por doquier, no es raro verlos llamados al extranjero. De este modo se elevaron en esta época magníficos edificios construidos por manos alemanas en Italia, en Francia y en Inglaterra; pero por donde principalmente se esparcieron fué por Alemania.
Así, desde el Siglo XIII, existían logias de picapedreros en Magdebourg, en Lubeck, en Bremen, en Colonia, Halbersstadt, etc., independientes ya de los conventos en los que se había perdido la afición por las construcciones.
Pero la prosperidad no anduvo unida por largo tiempo al arte de construir en Alemania; con su decadencia, se introdujeron desórdenes en las logias, y como consecuencia natural, éstas se desorganizaron a su vez. Para remediar este estado de cosas los maestros de las del Mediodía y del centro de Alemania, se reunieron en capítulo en el año 1459 y compusieron el 25 de Abril en Regembourg, nuevas leyes bajo la forma de ordenanzas.
Posteriormente, estos estatutos fueron muchas veces modificados y renovados; primero (1498) por el emperador Maximiliano I, y después por sus sucesores, que al fin los confirmaron.
Los miembros reconocían como juez supremo de la sociedad automáticamente constituida (maestros, aprendices y compañeros), a los jefes de las grandes logias de Estrasburgo, Viena, Colonia y Berna (más tarde Zurich). El maestro de la logia principal de la cúpula de Estrasburgo como el encargado de juzgar en primera instancia, resolviendo sobre todas las diferencias que surgieren entre los miembros. Las logias de Magdebourg, de Halbersstadt, de Hildesheim y de todas las ciudades de la Sajonia inferior no estuvieron representadas ni fueron al efecto invitadas en este congreso de tallistas en piedra; más tarde se les dirigió una copia de la nueva ordenanza de Estrasburgo, con la invitación de afiliarse a la sociedad. En lugar de hacerlo así, se reunieron por su propia cuenta el 24 de agosto y el 29 de septiembre de 1462" en Torgan, y publicaron una ordenanza particular, que nunca fue observada ni cumplida. La Sociedad de Constructores, ocupada en edificar la cúpula de Estrasburgo, fué la primera, en Alemania, en la que sus miembros tomaron el nombre de francmasones, mientras que las dirigidas anteriormente por los monjes llevaban el nombre de cofradía con la advocación de un santo y hasta los miembros de la sociedad primitiva de los obreros de Estrasburgo, se llamaban en 1440, hermanos de San Juan.

Las ceremonias de Recepción y el Simbolismo de los Canteros Alemanes.
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Los picapedreros alemanes y los obreros de piedra libres (Freistein Maurer) ingleses, no estaban constituidos tan sólo en guildos o gremios de los oficios, y como tales en cuerpos públicos reconocidos por el Estado, con derechos políticos, sino también en cofradías libres que poseían la doctrina secreta del arte. Los usos de los masones alemanes en todas sus relaciones, sobre todos los usos de los canteros alemanes, de los masones, de los carpinteros se encuentran reunidos y comentados en la obra de M. F. A. Fallou, titulada: Los Misterios de los, Francmasones. Estos usos se refieren a la recepción en la sociedad, al derecho de la Logia, a los exámenes y al ejercicio de la hospitalidad. El compañero que al terminar su aprendizaje pedía el ingreso en la cofradía, debía presentar, del mismo modo que al ingreso en los guildos, la prueba de la honradez y de la legitimidad de su nacimiento (ciertos estados se consideraban deshonrosos, y ni los que los ejercían, ni sus hijos, podían ingresar en un guildo). Debían, además, gozar de buena reputación.
Los principales estatutos prescribían como condición expresa de admisión, haber nacido libre, tener una reputación sin tacha y buenas disposiciones físicas y morales.
El nuevo miembro recibía desde luego una señal que debía reproducir en todas sus obras: era su marca de honor. El hermano que le había propuesto se encargaba desde entonces de su dirección especial. El día señalado el aspirante se presentaba en el lugar de la reunión del cuerpo del oficio, donde el maestro de la logia había hecho preparar convenientemente el salón, dedicado especialmente a este objeto: entraban todos los cófrades (desarmados, porque este lugar estaba consagrado a la paz y a la concordia) y el maestro abría la sesión. Empezaba por participar a los allí reunidos que habían sido convocados para asistir a la recepción de un candidato y encargaba a uno de sus miembros que fuese a prepararlo. Éste invitaba entonces al compañero a adoptar, siguiendo la antigua costumbre de los paganos, el aspecto de un mendigo: se le despojaba de sus armas y de todos los objetos metálicos que llevaba; se le desnudaba en parte, y con los ojos vendados, el pecho y el pie izquierdo desnudos se le conducía a la puerta del salón, que se abría después de haber llamado con tres golpes fuertes.
El segundo presidente lo guiaba hasta el maestro, que le hacía arrodillar, mientras se elevaba una plegaria al Altísimo.
Terminada esta ceremonia, se hacía dar al candidato tres vueltas alrededor del salón y se le colocaba en la puerta, donde le enseñaban a poner los pies en escuadra, y adelantar en tres pasos hasta el sitio del maestro.
Delante del maestro se encontraba una mesa, en la que estaba colocado el libro de los Evangelios abierto y la escuadra y el compás, sobre los cuales, según la antigua costumbre, el candidato extendía la mano derecha para jurar fidelidad a las leyes de la cofradía, aceptar todas las obligaciones y guardar el más absoluto secreto sobre lo que sabía y lo que pudiese aprender en lo sucesivo.
Prestado el juramento, se le descubrían los ojos, se le mostraba la triple gran luz, se le daba un mandil nuevo y la palabra de paso y se le señalaba el sitio que debía ocupar en la sala de la corporación. El saludo y el toque los recibía en el curso de su admisión entre los compañeros. El toque era el mismo que hoy emplean los aprendices francmasones. Cuando un compañero picapedrero entraba por vez primera en una logia extranjera, llamaba a la puerta con tres golpes y se adelantaba hacia el maestro o el que ocupaba su lugar, que lo recibía por los tres pasos de los francmasones. Los compañeros colocaban los pies en escuadra.
En fin, el maestro preguntaba si algún compañero tenía que someter algún asunto a la reunión y cerraba la sesión por los tres golpes de costumbre.
Durante los banquetes que se celebraban después de la recepción y que siempre empezaban y concluían con una plegaria, el recipiendario brindaba por los maestros con la copa de la cofradía (la bienvenida), repitiendo el brindis a la prosperidad de la orden. Entonces, como ahora, y en todos los guildos, se bebía en tres movimientos; se cogía la copa con la mano enguantada o cubierta con el pañuelo, se levantaba la tapa, y se llevaba a la boca: después se vaciaba el contenido en tres veces, y finalmente se colocaba de nuevo en tres movimientos sobre la mesa.
Tales eran, en resumen, los usos adoptados para lo entre los canteros alemanes. Las personas que mayores detalles deseen sobre este asunto, pueden consultar la obras de Fallou y de Winzer.

Simbolismo
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Además de las costumbres tradicionales, se transmitía a los canteros una enseñanza secreta de la arquitectura y la ciencia mística de los números, que aplicaban después en sus trabajos de construcción y que perfeccionaban notablemente.
Los números 3, 5, 7 y 9 eran para ellos sagrados, así como también los colores que tenían alguna relación con su arte: el oro, azul y blanco eran los emblemas de la sociedad secreta: también puede considerarse como uno de sus emblemas la cuerda con nudos que en algunas reuniones figura como un adorno en las portadas de los edificios.
Como símbolos más expresivos encontramos el compás, la escuadra, el nivel y la regla, que dentro de las logia tenían una significación propia.
El maestro se colocaba siempre en las logias a la izquierda, lo mismo que el sacerdote en la iglesia: por el contrario, los presidentes de la cofradía se colocaban a la derecha, mirando a izquierda. Estos tres jefes simbolizaban las tres columnas de la logia (la sabiduría, la fuerza y la belleza), y representaban al mismo tiempo la hermandad y la actividad en acción. La representación emblemático de los útiles masónicos no era solamente una consecuencia natural del carácter de la época; la costumbre se hallaba sancionada por el ejemplo: los picapedreros no fueron los primeros en simbolizar los instrumentos de su oficio, pero sí en atribuir a estos emblemas una importancia real, estableciendo entre ellos y el edificio moral relaciones directas, porque se consagraban en realidad a una vocación santa.
En la edificación de un templo del Señor, el maestro tallista de piedra perpetuaba su nombre a la par que contribuía a la glorificación del Ser Supremo, a la propagación de la doctrina cristiana, a la práctica de la virtud y al ejercicio de la piedad.


Revista Ánfora Digital